viernes, 20 de junio de 2014

La visita inesperada del Ejército israelí a una española que lucha por sobrevivir en Palestina

Rosa María Suárez ha vivido dos rebeliones y varios bombardeos pero asegura que solo ha tenido miedo en una reciente visita del ejército israelí

Una familia revisa los daños de su casa tras el registro por parte de las tropas israelís. Alaa Badarneh | EFE

Rosa María Suárez, natural de Lugo, ha pasado más de la mitad de su vida en Palestina, ha visto dos intifadas y ha sufrido bombardeos israelíes, pero asegura que solo esta vez tuvo miedo a morir.

A media mañana, cuando se hallaba sola, sentada en la terraza de su casa, un chalet con vistas a las rocosas colinas que rodean el norte de la ciudad de Hebrón, recibió una visita que ya esperaba desde que las tropas israelíes comenzaran el pasado viernes a buscar a tres estudiantes rabínicos desaparecidos en las proximidades.

«Primero entraron tres, con mal olor y malos modos. Me obligaron a levantar las manos a gritos, me pusieron de espaldas y me obligaron a entrar en casa con las metralletas apuntando a mi cabeza», explica en la misma terraza donde cosía.

Dice que solo el pasaporte español, que tenía preparado desde que hace cuatro noches unidades de combate israelíes comenzaran a entrar en las casas vecinas, tanto de noche como de día, templó los ánimos de los soldados.

Aun así, comenzaron a registrar la casa «pegando golpes en la puerta para ver que no había nadie detrás (...) El registro era para buscar a personas, no para buscar cosas, estaban buscando a alguien, no algo, hay diferencia, y nosotros sabemos la diferencia», explica esta gallega, que ha superado las seis décadas de vida.

«Entonces vino un joven, más o menos educado, más o menos limpio, más o menos razonable, y me empezó a hablar en español. Me decía 'no tengas miedo, es cosa de dos minutos', y yo le decía, 'no tengo miedo', aunque estaba temblando», narra.

«No es una manera de entrar en una casa, a las once la mañana, que no hay hombres, ni jóvenes, mujeres solas en casa, como máximo con críos pequeños, y en mi casa aún encima no hay nadie», se queja Rosa María, que es madre de un hijo que fue detenido durante la primera intifada y que murió tiempo atrás de cáncer.

Han pasado cinco horas desde que los soldados abandonaron la casa de esta gallega y la dejaran toda revuelta y, aunque su discurso es firme, la voz a veces aún le tiembla.

Rosa María llegó a Hebrón a finales de la década de los setenta de la mano de su marido, un médico psiquiatra que, como muchos otros palestinos, estudió en Zaragoza.

La primera vez que los soldados entraron en su vivienda fue en los años 80 y en aquella ocasión perseguían a jóvenes que participaban en el primer alzamiento palestino, para destruir sus casas.

Desde entonces, solo ha salido en contadas ocasiones: a Ammán, a Túnez y a Bagdad en la década de los noventa, para acompañar a su marido a congresos de psiquiatría.

Y una vez a España, donde ya no le queda familia, para visitar a una de sus hijas que también estudiaba allí.

De profundas raíces religiosas, su entorno es afín a la formación islamista Hizb al Tahrir (Partido de la Liberación), una corriente panislámica y mesiánica que espera la llegada de un enviado que restaurará el califato. Amarrados a una bandera negra en la que está escrita la profesión de fe musulmana, crecen desde hace años en todo el mundo, en especial en países como el Reino Unido, empujados por el colapso de movimientos como los Hermanos Musulmanes y el desprestigio que la violencia indiscriminada da a los yihadistas.

Semanas atrás, miles de sus seguidores salieron a las calles de Ramala para mostrar su disconformidad tanto contra el movimiento islamista Hamás -al que Israel acusa de la desaparición de los estudiantes, que considera un secuestro- como con el grupo nacionalista Al Fatah y su Gobierno de unidad nacional.

«Tengo una bandera que no es de Hamás ni de Yihad islámica, ni nada. Es solo que pide el califato. Es una bandera negra que pone 'No hay más Dios que Alá'» y que, según Rosa María, enfureció a los tres hombres que primero entraron en su vivienda.

«Cuando se fueron los demás a la casa de mi hija arriba, me quedé a solas con ellos. Me obligaron a entrar en la habitación con gritos y me apuntaron en la cabeza con sus armas, jugando con la mirilla láser en mis ojos. Luego comenzaron a abrir los armarios y a tirarlo todo», explica sentada en la cama en la que duerme.

«Si tienen toda esa tecnología, por qué tienen que entrar en una casa. Eso (es) simplemente para que tengamos miedo, para que si tenemos hijos les digamos 'tened cuidado, no hagáis nada, que nos destruyen la casa, que mira lo que han hecho con fulano, lo que han hecho con mengano, que te encarcelarán, que igual te matan'», puntualiza.

Algo que Rosa María, tocada con un hiyab blanco y vestida con una túnica negra, dice que no está dispuesta a inculcar a sus nietos porque considera que los palestinos «vivimos en un campo de refugiados, en una prisión, pero grande».

«Mira lo que pasa, normal, estos son los ocupantes; los ocupantes, los invasores, hacen esto... Se necesita una resistencia para libertar un país y la resistencia no viene con diálogo. Vaciar un país de los ocupantes viene con la fuerza. Ellos han ocupado el país con la fuerza y se recuperará con la fuerza», concluye.

Fuente: Javier Martín, Agencia EFE

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