Flavio Josefo escribe en griego a finales del siglo I d. C., después de la guerra judeo-romana y de la destrucción de Jerusalén. En sus obras, “Judea” es el nombre fuerte de la narración histórica: Jerusalén, el Templo, la guerra, las élites, la ley y el pueblo judío.
“Palestina”, en cambio, aparece como un nombre geográfico más amplio y flexible, propio del vocabulario grecorromano.
El pasaje más directo está al final de Antigüedades judías, obra concluida hacia el año 93/94 d. C. Allí Josefo resume el alcance de su relato y dice que ha narrado lo ocurrido a los judíos “en Egipto, Siria y Palestina” (Antigüedades judías 20.259). No está definiendo fronteras administrativas; está usando Palestina junto a grandes marcos regionales del Mediterráneo oriental.
Otro pasaje clave está en Contra Apión, obra apologética escrita contra autores greco-egipcios que cuestionaban la antigüedad y legitimidad del pueblo judío. Allí Josefo comenta a Heródoto y afirma que los “sirios que están en Palestina” pueden referirse a los judíos, porque los judíos eran los habitantes circuncidados de Palestina (Contra Apión 1.171).
Esto es importante porque Josefo no reduce Palestina a la antigua Filistea. Para él, el nombre puede funcionar como marco geográfico donde también se incluye a los judíos.
Pero tampoco borra Judea. Cuando Josefo narra la historia política, religiosa y militar de su pueblo, Judea sigue siendo el centro: Jerusalén, el Templo, la guerra, las élites y la ley.
La clave está en la escala.
Judea es una región histórica precisa.
Palestina es un marco geográfico regional, más amplio y de límites flexibles.
En Josefo, “Palestina” pertenece al vocabulario geográfico grecorromano; “Judea” organiza el núcleo histórico de su narración sobre el pueblo judío.

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